martes, 28 de julio de 2015

Aterrizaje de emergencia

La decisión más sensata sería marchar a casa, pero veo todo en tecnicolor. Pocas veces el botxo se me presenta de esta manera. Me sumerjo en el Casco Viejo guiado por mi instinto, y termino en un bar que parece estar animado.

En la barra me atiende una chica. Es alta, morena, con rasgos latinoamericanos y un escote de locura. Absorto ante su belleza, tardo en reaccionar y titubeo al pedirle una cerveza. Mientras busca un vaso para servirme, casi pierdo mis ojos al ver su enorme trasero. ‹‹¿De dónde ha salido esta mujer?››, no paro de preguntarme. Cuando regresa con mi bebida, esboza una sonrisa y enseguida vuelve a su trabajo. Cruzamos nuestras miradas en varias ocasiones. Intento charlar con ella, pero la clientela no da tregua.

A mi lado hay una pareja de extranjeros. Me preguntan si sé qué es un kalimotxo. "Es el cóctel vasco por excelencia", les respondo. Lo digo con tal convicción, que no dudan en pedir un par. Se llaman Sarah y James, y han venido desde Estados Unidos a pasar el fin de semana. Sin que yo se lo pida, ella me hace un resumen de lo que han hecho durante el día: visitar el museo Guggenheim; pasear junto a la ría y luego por la Gran Vía; cenar en la Plaza Nueva, recorrer las Siete Calles... Sarah no para de hablar. A James no parece agradarle mi presencia. Yo sólo quiero flirtear con la camarera.

El entorno colorido que mis sentidos percibían ya empieza a desaparecer. Necesito más alcohol. Me apoyo sobre la barra esperando a que la diosa latina me socorra. Al acercarse me pregunta: ‹‹¿Una tostada?››. Asiento, algo desconcertado. Su tono de voz me resulta sospechoso. Cuando vuelve la miro con detenimiento. Algo va mal: ‹‹nuestro avión tiene que realizar un aterrizaje de emergencia››, informan desde la cabina. Me acerco a Sarah, y le digo:

   —Quiero que mires con disimulo a la camarera. Dime que aquello que sobresale en su cuello no es la nuez.

Sarah, ni disimulada ni cautelosa, suelta una sonora carcajada.

   —¡Sí, tiene nuez! ¡Es un hombre con tetas y un gran culo! —añade entre risas—.

Me llevo las manos a la cabeza. La libido desaparece por completo y siento que todos me señalan. Dejo un billete de cinco euros sobre la barra y huyo de aquel tugurio.

Afuera la lluvia arrecia, pero me da igual. Tan sólo quiero olvidar que la mujer de mis sueños traía una sorpresa entre sus piernas.

Kresto Nin

P.S.: El anterior relato ha sido seleccionado para salir en el libro Bilbao, una ciudad de pecado.

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