viernes, 20 de marzo de 2015

Miller

En todos los años que llevo de camarero, nunca he sentido demasiada confianza por las mujeres desconocidas que llegan solas al bar para abusar del alcohol. Las experiencias son innumerables: amas de casa alcoholizadas que arrastran sus penas; despechadas que buscan calor junto al primer casanova que se les acerca; chicas que huyen temporalmente de sus novios, y cuando son encontradas por ellos, paso a ser un pervertido que desea aprovecharse de tan indefensas criaturas, finalizando con un ojo morado, como me ocurrió hace un par de meses. Y así siguen pasando ante mí variedad de historias, de vidas y de caras.


Mucha gente desconoce que detrás de la barra hacemos un curso intensivo de psicología, agudizamos nuestros oídos y mejoramos nuestra capacidad de análisis. Pero algunas personas se nos escapan a la hora de querer elaborarles un perfil, y cuanto más detalles observamos y más información obtenemos, nuevas incógnitas surgen. Ese fue el caso de Paola Miller, monumento a la belleza que hizo su aparición en el bar el verano pasado, y, a día de hoy, sigue generándome preguntas.

Aún recuerdo la primera vez que la vi. Era un sábado por la noche y hacía un tiempo agradable. El bar se encontraba lleno, pero, de alguna manera, ella se las arregló para hacerse en una esquina de la barra donde no tendría que preocuparse por empujones y podría pedir bebidas sin inconveniente. Su apariencia se diferenciaba del resto. Tenía el cabello corto y teñido de azul oscuro, lo cual hacía resaltar su piel blanca. Sus ojos eran marrones y grandes, y tenía un pendiente en el lado izquierdo del labio inferior. Al preguntarle qué quería beber, vi que llevaba puesta una camiseta negra con el logo de V, serie de culto de los años 80. ‹‹Un destornillador, por favor››, me contestó. Fui en busca de los ingredientes para su combinado. Cuando ya los tuve, empecé a prepararlo a su lado. Mientras tanto ella miraba su móvil, y tarareaba la canción que sonaba en ese momento, Close to me, de The Cure. Aproveché esa oportunidad para conversar:

— ¿Fan de Robert Smith?
— ¿Perdón? —dijo en voz alta y sin mirarme. Parecía concentrada en su teléfono.
— ¿Que si eres fan de The Cure?
— Sí, bueno, lo fui en otra época. Hace tiempo no los escuchaba.
— Entonces te salvaste del suicidio —bromeé, aludiendo al aura oscura y melancólica del vocalista del grupo.
— Con el suicidio no se bromea —replicó.

Ese comentario dio lugar a unas cuantas conjeturas. Mi curiosidad por ella iba creciendo, y no sabía qué otra excusa usar para seguir charlando con ella, así que intenté observarla con disimulo, pero siempre me encontraba con su mirada. Analizaba todo a su alrededor, no de manera sospechosa ni desconfiada, sino curiosa. Desde luego no se parecía a ninguna de las otras chicas solitarias que venían al bar a ahogar sus penas.

Al final me armé de valor, y me lancé. ‹‹¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?››, le pregunté con tono seductor. Me avergoncé por decir aquella frase tan trillada que no pude contener la risa. Ella, aún sin responderme, también se rió.

— Lo siento. Quería hablar contigo y eso fue lo primero que se me ocurrió. ¡No tenía más recursos! —le dije, simulando desesperación.
— Jaja. No te preocupes. Soy nueva en la ciudad, he llegado hace una semana. —respondió, sin dejar de sonreír.
— Wow. Bienvenida. ¿Un chupito para celebrarlo?
— Ya que insistes...

Definitivamente no era cómo las demás, pero mi instinto me decía que la tristeza se escondía tras esa hermosa sonrisa. Esto no significaba que ocultara algo turbio, ¿o sí? Mi deber, a partir de ese instante, era conocerla.

Aparentaba tener buen gusto musical. Vestía de manera alternativa, pero sin abusar de los adornos. Era sutil y educada en el trato, pero en su frente se podía divisar un letrero que decía "podemos hablar, pero no te pases de listillo, chaval". Su mirada amenazaba con dejarme las cosas bien claras si en algún momento se sentía ofendida.

La noche transcurrió charlando sobre grupos, conciertos y festivales. Había asistido a un buen número de ellos; también resultó ser una ávida lectora de cómics, aunque odiaba el manga; en cuanto al séptimo arte me contó sobre afición hacia el cine francés y la ciencia ficción, siendo Jean-Pierre Jeunet su director favorito. Una caja de sorpresas esta mujer.

Pensaba pedirle que me esperara hasta el cierre del bar y salir a tomar la última copa, pero me percaté de que se había preparado para marchar. ‹‹¿Ya te vas?››, le pregunté. ‹‹Estoy algo borracha. Tantos chupitos...››, respondió. De repente vi que se había vuelto más alta. Estaba de pie sobre los travesaños de la silla. Pidió que me acercara y apoyo sus manos sobre la barra. Cuando me tuvo lo suficientemente cerca me robó un beso. Bajó de la silla, soltó un simple pero emotivo ‹‹gracias››, esbozó una sonrisa y se marchó. Su atrevimiento me dejó atónito, pero contento.

Ese sólo fue el inicio de la montaña rusa en la que se convertiría mi amistad con Paola, de apellido Miller; la antigua fan de The Cure.

Christian Rodriguez

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