viernes, 27 de marzo de 2015

Cross Club

Paola Miller pretendía hacer conmigo lo que estuviera a su antojo. Así me lo hizo saber cuando nos encontramos en la estación central aquella noche. ‹‹Déjate llevar›› fueron sus palabras. La propuesta era muy sugerente. Estaba ansioso por ver hasta dónde podía llegar.

Nos dirigimos en metro hacia una zona periférica e industrial, epicentro de la nueva ola cultural e independiente de la ciudad. Se inauguraba un club en un antiguo edificio que albergó una imprenta hace más de diez años. ‹‹¿El lugar se encontrará en condiciones?››, le pregunté a Paola. ‹‹No sé, pero si sucede algo, que nos pille drogados››, respondió.

La estación de metro más cercana nos dejó casi a un kilómetro de nuestro destino. Paola ya lo sabía, por esa razón iba preparada. De su mochila sacó un vaso de plástico, una bebida energética, y una botella rectangular de color verde con un ciervo en su etiqueta. ‹‹Tenemos que mezclar ambos líquidos y beberlos de un trago››, sugirió desafiante. Le quité los ingredientes de las manos, preparé el brebaje, le acerqué el vaso y le dije: ‹‹Primero las damas››.

Cuando llegamos se respiraba una calma incómoda a nuestro alrededor. Asomaban siluetas bajo una farola con luz titilante en la entrada del edificio. El timbre amenazaba con electrocutarnos si nos atrevíamos a usarlo, así que golpeamos fuertemente la puerta. Del interior salió un tipo alto y corpulento, con chaqueta de cuero y gafas oscuras.

—Buenas noches. La contraseña, por favor —nos solicitó de manera educada, pero sin dejar de imponer respeto.
—40210 —respondió Paola.
—Correcto. Bienvenidos al Cross Club. Disfruten de la fiesta.
—¡Gracias! —respondimos al unísono.

Bajamos por unas escaleras que daban a un patio interior. Varias antorchas marcaban nuestro camino, mientras que la música se hacía notar conforme nos acercábamos. Al fondo, otra puerta esperaba a ser abierta. En el momento que entramos un estallido de luces y sonido sacudió nuestros cuerpos. En las paredes había colgada una decena de pantallas que pasaban imágenes aleatorias con filtros psicodélicos. Las jaulas y tarimas que se encontraban repartidas por todo el local eran invadidas por bailarinas extasiadas. Al mismo tiempo, en el escenario principal, se llevaba a cabo una performance de temática bondage. Entre los asistentes habían representantes de cada tribu urbana; unas que desconocía por completo, y otras que nacerían esa misma noche. ‹‹Pensaba que los góticos habían desaparecido››, le comenté a Paola. Ella sonrió. ‹‹Entonces, ¿te gusta?››, me preguntó. ‹‹¿Que si me gusta? Esto parece un reducto cyberpunk. ¡Me quedaré a vivir aquí!››.

Recorrimos el lugar hasta que encontramos un rincón donde apenas había gente. No deseaba hablar con ella en ese momento, la música sonaba muy fuerte y detesto alzar la voz. Ella tampoco parecía querer escucharme ni ser escuchada, tan sólo bailaba frente a mí motivada por las luces y la música. ‹‹¿Qué quieres beber?››, le pregunté. ‹‹¡Trae agua para los dos!››, me respondió mientras guiñaba un ojo. Algo se traía entre manos.

La barra estaba abarrotada, así que tardé un poco en volver junto a ella. Cuando por fin lo hice, Paola estaba acompañada. ‹‹¡Este es Jota, mi ex!››, dijo. Lo saludé sin decirle mi nombre. Me generó incertidumbre su presencia, porque ella sólo llevaba una semana viviendo en la ciudad. ¿Cómo podía tener un ex novio aquí? ¿Se habrían citado en este mismo lugar?. Decidí no hacer conjeturas y dejar que la noche fluyera.

Le pasé el botellín de agua a Paola en el mismo instante en que ella sacaba algo de una pequeña bolsa. Nos dio unas pastillas de un color difícil de identificar por culpa de las luces del club. ‹‹¡Vamos, pa' dentro!››, gritó. Ella hizo los honores; le siguió Jota y por último yo.

El éxtasis ya empezaba a hacer efecto cuando Paola nos agarró de la mano a su ex y a mí, y nos guió hacia otra sala. Este rincón tenía decoración industrial y nos rodeaban luces de neón. Nos encontrábamos poco más de diez personas dentro, gracias a esto el ambiente se tornó intimo. Tanto que Paola y Jota empezaron a besarse. Yo, en vez de sorprenderme o fastidiarme por ello, sonreía estúpidamente gracias a los efectos de la pastilla. Estaba tan feliz en ese momento que habría sido capaz de abrazar a un león. De repente la música dejó de sonar y escuchamos una gran algarabía. Fui a la sala principal a ver qué estaba ocurriendo. Al llegar vi cristales por los aires, cadenas revoloteando, puñetazos y patadas por doquier. Por la cantidad de cabezas rapadas metidas en la gresca, deduje que un grupo de neo nazis se habían autoinvitado a la fiesta para sabotearla. Bajé tan rápido como pude para avisarle a Paola de lo acontecido, pero no había rastro de ella, ni de Jota. No podía creer que me hubieran abandonado justo cuando la Tercera Guerra Mundial había estallado en aquel lugar.

De vuelta al campo de batalla tampoco pude encontrarlos. Decidí avanzar hacia la salida sin que la lluvia de botellas hubiera escampado, cuando sentí un golpe en mi cabeza. Caí al suelo, y mientras mi visión se difuminaba vi a Paola a lo lejos, quieta, observándome. Alguien la cogió de la mano y desapareció. Me quedé sin fuerzas y mis sentidos dejaron de responder.

Christian Rodriguez

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