jueves, 5 de marzo de 2015

Barceloneta

No recuerdo haber tenido un buen concierto ninguna de las tres veces que hemos tocado en esta ciudad. Pero la de hoy, viernes 27 de febrero y fin de la gira, ha sido la peor noche de todas: un escenario inestable y mis teclados a punto de caerse en varias ocasiones; un sonido horroroso y el público, como casi siempre en Barcelona, estuvo más a sus cosas que prestando atención al directo; para más inri, he tenido una bronca con los de seguridad, todo porque se les metió en la cabeza que yo no formaba parte del grupo y que no podía volver acceder al recinto. ¿Puede empeorar más la jornada? Posiblemente sí, tan sólo necesito encontrar al camello de esta fiesta snob para que me suministre "juguetes varios."


"Media pastilla de éxtasis, tres rayas de cocaina, cuatro chupitos de whisky, dos gintonic y una decena de cervezas". Apunto estos ingredientes en una servilleta, sólo por si me encuentran inconsciente en cualquier rincón de Barcelona. Es la mezcla que llevo en mi cuerpo, y tarde o temprano empezará mi fase amnésica.

Desconozco de quién es la casa donde nos estamos montando esta juerga, pero he de reconocer que tiene buen gusto en cuanto al diseño y decoración: muebles en blanco y negro, estilo minimalista, con un salón no muy grande donde ha sabido incorporar una barra y una cabina para dj. Pero la gran cantidad de gafapastas por metro cuadrado me agobia, así que decido recorrer el lugar buscando un rincón solitario para poder evadirme. Entro a un cuarto donde se encuentran reunido un grupo de gente, dos chicos y tres chicas, una de ellas esnifando una raya. Los habría dejado tranquilos de no ser por un objeto que ha logrado llamarme la atención: una rockola en la mitad de la habitación. Me acerco a curiosear y descubro un arsenal de música que abarca todas las décadas y todos los estilos. Encuentro álbumes de varios de mis grupos favoritos: el primero de Stone Roses, toda la discografía de Pixies, algunos eps de Alice in Chains y un largo etcétera. Salgo corriendo al salón principal y a los dos minutos ya estoy de vuelta. Me he apropiado de una botella de Johnnie Walker que estaba en la barra. Mientras sigo mirando la colección musical que hay dentro de la rockola, una de las chicas se acerca a mí. No saluda, no habla, simplemente observa. La ignoro, y sigo ojeando dentro de la máquina. Entre todas estas reliquias encuentro una edición japonesa del álbum "Speak & Spell" de Depeche Mode. ‹‹¡Wow!›› exclamo, al mismo momento que aquella desconocida me propone que lo ponga. Sin pensarlo, me dirijo hacia la puerta del cuarto para cerrarla y así impedir que la música de afuera se mezcle con la nuestra. Empieza a sonar el teclado festivo de "Just Can't Get Enough" justo en el mismo momento en el que estalla dentro de mí el éxtasis ingerido hace casi una hora. ¡Festival de la empatía! La chica y yo movemos nuestros cuerpos sin mediar palabra. Mi cara esboza una sonrisa de oreja a oreja y siento que estoy flotando. Los amigos de mi nueva amiga se unen a nuestra fiesta. Ellos me dicen sus nombres, yo sólo asiento. Ellas me saludan de beso, yo se los devuelvo. Woodstock no fue nada comparado a esto.

Nos encontramos en el momento cumbre de la canción, y de repente un estruendo nos saca de nuestro trance. Nos quedamos sin luz en el apartamento. Ha empezado una fuerte tormenta y lo único que nos ilumina son los relámpagos. Después del shock, me tranquilizo. Voy a beber whisky pero alguien me lo arrebata. Sólo alcanzo a ver la silueta de una chica bebiendo de mi botella. Tan pronto ella termina de echar el trago, noto cómo se acerca hacia mi para susurrarme: ‹‹vámonos››. Me agarra de la mano, y me guía atravesando el pasillo mientras empujamos a todo el que nos encontramos en frente, hasta que por fin llegamos a la puerta principal. Bajamos las escaleras a toda velocidad con caídas incluidas, pero nos incorporamos al instante y sin lamentos. En este momento nada nos puede parar.

Ya en la calle, me percato de que la persona que me lleva de su mano es la chica con la que había estado bailando. Entre risas, seguimos corriendo bajo la lluvia. Le pregunto hacia dónde me lleva, ‹‹ya lo verás›› me responde. En menos de cinco minutos nos encontramos en la playa de la barceloneta. No tenía la más mínima idea de que nos encontrábamos tan cerca. Ella se quita sus zapatillas y avanza hacia la orilla. Miro a mi alrededor. Ya he llegado hasta aquí y no me voy a echar para atrás. Por suerte la tormenta ha sido efímera y ahora sólo cae una leve llovizna. Cuando llego a su lado, ella empieza a tararear la canción de Depeche Mode que estábamos bailando, y salta sin parar. Yo le sigo la corriente. Justo en ese momento me doy cuenta de lo guapa que es. Y ese punto de locura juega a su favor. Nos limitamos a beber, a reír y cantar canciones hedonistas que describen bastante bien este momento en la playa bajo la lluvia. Sólo por esta experiencia ya había valido la pena volver a Barcelona.

Si os preguntáis qué más sucedió entre la chica sin nombre y yo, os lo dejo a vuestra imaginación. Describir cómo terminé con arena en mi culo no sería de vuestro agrado. Aparte, los caballeros no tenemos memoria.

Christian Rodriguez

No hay comentarios :

Publicar un comentario