martes, 3 de febrero de 2015

La declaración

El policía no daba crédito a lo que veía: un hombre calvo y corpulento, de metro ochenta de altura aproximadamente, inconsciente sobre una silla y con una tortilla estampada en su cara. Al fondo del bar yacía otro hombre, más delgado que el anterior, con melena rubia. Éste se encontraba de costado, con los pantalones bajados, y una escoba incrustada en su culo.


—¿Nos puede explicar qué ha sucedido aquí? -preguntó el policía, mientras señalaba el desorden que había a su alrededor.
—Me han intentado robar -respondí, de manera muy tranquila, como si este panorama fuera algo habitual-. Han entrado al bar cuando yo estaba contando el dinero de la caja. Me amenazaron con una navaja para que les diera la pasta, y yo me defendí.
—A ver, a ver. ¿Intenta decirme que usted solo ha logrado golpear a estos dos tipos? Ambos le sacan una cabeza a usted. Perdone, pero tendrá que profundizar en su declaración.
 —Ok. Siéntese y le cuento cómo pasó todo.

Su mirada desprendía una mezcla de sorpresa y desconfianza. Mientras tanto, yo no sabía cómo convencerlo de que Bin Laden no había sido la única persona en hacer caer dos torres. En realidad yo no lo hice, pero tenía que dar una versión no oficial de los hechos, y lograr que sonara creíble. Sólo tenía que lanzarme a la piscina; hilar frase tras frase, palabra tras palabra y depositar toda la confianza en mi verborrea. Así fue.

Mirando fijamente al policía, empecé con mi historia:

"Eran casi las tres cuando ya estaba cerrando el bar. Después de haber fregado, me puse a contar el dinero de la caja, sin darme cuenta de que no había cerrado la puerta con llave. Estos dos tíos entraron sin hacer mucho ruido, pero noté que alguien había entrado por el sonido que hizo la puerta al cerrarse. No me parecían de fiar, pero a esas horas todo el mundo va borracho, por lo cual pensé que querían tabaco o que les vendiera un último trago. Uno de ellos no dejaba de mirar el dinero, mientras que el otro me preguntó si tenía mecheros, le dije que sí. Le acerqué uno, e inesperadamente me agarró de la mano. Sacó una navaja y enseguida me amenazó. No sé cómo, pero pude soltarme. Por suerte, la barra nos separaba. El de la navaja me pedía el dinero, mientras que el otro se fue hacia la puerta, a vigilar, supongo. Yo tenía dos opciones: darles el dinero y esperar a que se fueran sin hacerme daño, o ser valiente e intentar echarlos del bar como fuera, porque la verdad, no parecían muy expertos en esto de los asaltos, pero nunca se sabe."

En ese punto ya me había metido de lleno en el cuento. Ahora vendrían los adornos:

"Total, que a mi lado tenía el cuchillo con el que hago las rodajas; lo cogí con la mano izquierda y grité: ‹‹¡a ver quién es más valiente aquí, hijo de puta!›› -Yo desde luego no. Me sorprendía mi irresponsable actitud, pero una vez lanzado, no había vuelta atrás-. Con la mano derecha cogí uno de los vasos que hay debajo de la barra y se lo lancé la cara. Esa era la idea, pero ni siquiera alcancé a rozarle. Al menos no fue en vano. El tipo de la navaja retrocedió sorprendido por mi reacción y se resbaló con el suelo que estaba recién fregado. Cayó de espaldas sobre una de las mesas, pegándose en la cabeza y quedando inconsciente. Sin perder tiempo, salté sobre la barra y fui hacia el que vigilaba en la puerta. Agarré un taburete y me lancé contra él. Me vio tan decidido que intentó huir, con tan mala fortuna que al girar tropezó contra la puerta, rebotando en ella y cayendo sobre el suelo. Con el taburete terminé de rematarlo. No les iba a dar ni una oportunidad de joderme. Luego lo arrastré hacia el fondo del bar. Me pareció gracioso meterle un palo en el culo a uno y ponerle la tortilla en la cara al otro. No sé, tengo ese tipo de humor. La tortilla iba a parar en la basura de todas formas. Y he compartido fotos de estos pringaos en instagram. ¡Las mofas!"

Noté que el policía quería reírse de esto último, pero guardó la compostura. 

—Cuando comente esto en la comisaría no me van a creer. ¿Le importaría acompañarme mientras mis compañeros se ocupan del resto? —más que una pregunta fue una orden—.
—Ya, ni yo me lo creo. Y sí, vamos. No hay problema —respondí, sin ocultar mi orgullo por toda la milonga que acababa de soltar—.

El resto de la madrugada la pasé entre preguntas y asuntos burocráticos. Después de esto me dejaron ir a casa.

Al siguiente día desperté con la sensación de que todo lo sucedido había sido un sueño. Tardé en asimilar la realidad. Cuando ya me hube aclarado, llamé a Antonio, uno de los protagonistas de la versión oficial.

—Tío, ni te imaginas todo el percal de anoche —le dije tan pronto descolgó—.
—No habrás abierto la boca, ¿no?
—Qué va. No salís en ningún momento de la historia. Sólo espero que al par de gilipollas no se les ocurra aparecer por el bar cuando salgan del calabozo.
—Con la paliza que les dimos, pocas ganas tendrán de volver. Habrá que estar al loro. Tú no le comentes a nadie la movida, ¡eh! —insistía Antonio—.
—Que no, joder. Tranqui, ya quedaremos cuando hayan pasado unos días. Igual tengo que volver a declarar. No sé. Ya me llamarán.
—Vale. Suerte con eso. Ya estaremos.
—Nos vemos.

En realidad no quería volver a encontrarme con él, ni con Josu. Sabía que se iban a burlar de mi, y es que la versión oficial dista mucho de la que le conté a aquel policía. Me pongo nervioso al pensar lo que podría haber sucedido si ninguno de estos dos macarras llegan a estar ahí, en el lugar y en el momento indicado para socorrerme. Uno de ellos, Josu, había salido de la cárcel el día anterior, pagaba condena de seis meses por lesiones personales. El otro, Antonio, es su compañero de miserias, igual o peor que él. Ambos con varias denuncias por resolver.

Como se suele decir: "pueblo pequeño, infierno grande". Si le digo la verdad al policía, en este momento sería el hazme reír de toda la comisaría y el rumor ya se estaría extendiendo por todo el barrio. ¿Cómo iba yo a ser objeto de burlas pudiendo ser un héroe?. ¿Cómo iba yo a decirles que, en cuanto llegaron los ladrones, lo primero que hice fue lanzarles los billetes, ponerme a llorar y suplicarles que no me hicieran daño? Recuerdo haber nombrado a todos mis seres queridos para que se apiadaran, y hasta recité una oración... ¡yo! ¡un ateo convencido!. Por suerte, Antonio y Josu se encontraban en el baño metiéndose unas rayas. Cuando salieron se encontraron con los dos grandullones, se lanzaron contra ellos como dos perros pitbull y no los soltaron hasta dejarlos K.O. Antonio había estado golpeándolos con una escoba, la misma que fue a parar en medio de las nalgas de uno de los asaltantes. Yo no dejaba de ir de un lado para otro, sin saber qué hacer. Todo fue tan surrealista y agresivo que opté por esconderme detrás del botellero, hasta que hubo silencio. Josu y Antonio habían huido dejándome todo el percal. A los pocos minutos llegó un mensaje a mi móvil por parte de Antonio, que decía: ‹‹no nos has visto!›› 

La policía tardó en llegar, lo cual me dio tiempo para tomar una infusión y relajarme. De paso pensaba en los retoques que le daría a mi declaración sobre los hechos. ¿Acaso la historia no está escrita por los vencedores? Pues eso.

Christian Rodriguez

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