martes, 16 de diciembre de 2014

Luna llena

Andrés recibía una prestación por incapacidad permanente. La pérdida de su esposa le causó una profunda depresión y no pudo volver a trabajar. Se refugió en el alcohol, a partir de ahí los problemas fueron en aumento. Vendió su antigua casa a un precio irrisorio. Con el dinero obtenido alquiló una habitación barata donde sólo disponía de una pequeña cama, un tocadiscos, una nevera con productos caducados y una máquina de escribir. Este último era su objeto más preciado. La escritura le servía para desahogarse durante las tardes de resaca, o sea, todos los días.

Se veía a si mismo como un lobo solitario, abandonado a su suerte. Antisocial y misántropo. Se culpaba por todo lo malo que le sucedía, pero tampoco intentaba enmendar su situación. Había optado por la autodestrucción. Una muerte lenta y dolorosa.

Aquella noche se encontraba observando el cielo desde su ventana. Había luna llena y hacía bastante frío. De fondo sonaba 'Hold On' de Tom Waits. La sensación de soledad le invadió por completo. Bastaron dos de tragos de un whiskey barato para acelerar su transformación. Ya no había vuelta atrás. Las calles esperaban por él.

A estas alturas, Andrés ya no tenía muchas opciones de donde poder tomar una copa. La zona de alterne que frecuentaba se había convertido en el rincón más amenazador de la ciudad. Cuando no era por armar broncas, era por adeudar todo el alcohol ingerido. Se había convertido en persona non grata en los peores antros de la ciudad. Esto, en vez de amedrentarlo, lo envalentonaba. No tenía nada que perder, tampoco intentaba ganar. Con saciar su apetito sexual gracias a un amor barato ya tendría suficiente estímulo para afrontar los días venideros.

- Morena, ¿cuánto cobras? -abordó a la primera prostitua que encontró-.
- Hijo de puta -respondió entre dientes-. Págame lo que me debes y pírate, ¡gilipollas! -gritó-.
- Cálmate fiera. Ahora pensaba pagarte -no tenía el más mínimo recuerdo de ella-. Tú espera aquí, que voy al cajero y saldamos esa deuda -Andrés nunca volvió-.

En su bolsillo contaba con lo justo para comprar un par de botellines de vodka. De aquellos que te acabas en un par de sorbos. Suficiente para él, que se emborrachaba sólo con oler un orujo de hierbas.

Ebrio y frustrado por no haber mojado esa noche, sólo le quedaba hacer lo que mejor se le daba: meterse en problemas. Probó en cada uno de los bares donde consiguió entrar, pero lograba salir ileso. Aquellos que antes caían en sus provocaciones, ya sólo lo ignoraban o se apiadaban de aquel pobre diablo. Andrés siguió deambulando, sin dinero, sin objetivo alguno, sin más compañía que la de su sombra tambaleante.

Pasadas unas horas, despertó desnudo y ensangrentado en el parque. No se sorprendió de su mala suerte, ni siquiera le importaba cómo había terminado en ese lugar y de esa manera. A su lado vio una botella. La cogió y bebió de ella. Le daba igual su contenido,aunque le supo a demonios. Dio un trago más y aulló. Aulló hasta que salió el sol.

Christian Rodriguez

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