martes, 25 de noviembre de 2014

Mi caramelo

Aquél verano de 1994, con el curso escolar finalizado, disponía de bastante tiempo para pasar junto a mis amigos. A diario nos reuníamos en el parque del barrio. Las chicas por un lado, los chicos por el otro. Atravesábamos la pubertad, y la atracción entre ellas y nosotros era latente. Coqueteos inocentes y tímidos por nuestra parte. No era así con los chavales del barrio aledaño, quienes solían acercarse al grupo de las chicas, ¡nuestras chicas! Vociferaban, las vacilaban y en alguna ocasión llegaron a acosarlas. Bueno, no a todas, sólo a Diana. Lo recuerdo muy bien, porque en mi patético intento de hacer justicia me gané un puño. Carlos, así se llamaba el imbécil que se atrevió a dejarme en ridículo frente a mi futura novia. Sí, toda mi vida he sido muy optimista.

Una semana después del altercado, nos encontrábamos todos en el parque, y vi que Diana se dirigía sola hacia la tienda de chuches. Sin dudarlo, fui detrás de ella con la intención de charlar, aunque no tenía muy claro qué decirle. Ya en la tienda, ella no se percató de mi presencia. Compré un caramelo junto a una bolsa de patatas. Esperé a que ella pagara y saliera primero. ‹‹¡Diana!››, le dije. ‹‹Hola Andrés››, saludó de forma cordial. Escuchar mi nombre pronunciado por su melodiosa voz fue la gloria. Me tenía a sus pies. ‹‹Hola, sólo quería darte esto››, me llevé la mano al bolsillo donde había guardado el caramelo. Nunca lo encontré.

Los nervios se apoderaron de mi. Parecía que tuviera un ataque de pulgas mientras buscaba por toda mi ropa. Miré detrás mío, por si se me había caído al salir de la tienda. Al alzar la mirada, lo único que encontré fue a Carlos, mi enemigo. A pesar de que él era más alto que yo, nunca le tuve miedo, pero en esa ocasión, al pillarme por sorpresa, mi primera reacción fue la de cerrar los ojos y cubrirme la cara con ambos brazos esperando el golpe. Pero lo único que él hizo fue sacudirme el pelo y reírse. Pasó a mi lado, saludó a Diana, se cogieron de la mano y marcharon hacia el parque.

La situación fue tan extraña que quedé estático. Cuando conseguí volver volver en mi, fui donde mis amigos. Les pasé la bolsa de patatas, y mientras las comíamos sólo podía pensar en una cosa: ¿en dónde diablos se habrá caído el caramelo?

Christian Rodriguez

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